Los lamentables acontecimientos ocurridos el 15 de abril de 2019 y conocidos por todos sobre el incendio en Notre Dame, no pudieron más que conmoverme. Mientras estaba en mi trabajo ese día, me enteré de la triste noticia de que Notre Dame estaba en llamas. Pese a que luego se supo que las reliquias se salvaron y que su estructura sobrevivió (aunque no así las dos terceras partes de su techo), me invadió una gran tristeza. Notre Dame. Magnífica. Increíble. Maravillosa por donde se la mire. Hoy, el mundo amante de la cultura llora. Porque, si bien es un templo católico, en verdad Notre Dame es mucho más que eso. Es perfección. Es belleza. Es magnificencia. Es el producto de una labor humana que difícilmente pueda ser imitada o igualada en estos tiempos.




El interior está magníficamente iluminado por la luz multicolor que ingresa a través de los rosetones. Pero lo que la hace muy famosa y conocida popularmente a esta Catedral son sus gárgolas, que si bien sirven como vía de desagote del agua de lluvia, representan a los demonios que se escapan del santo lugar al dar la misa. Se las puede ver de cerca si se asciende a la torre.
Esta catedral también es muy famosa porque posee como reliquia la corona de espinas que fue colocada en la cabeza de Jesús durante su martirio, como así también un clavo de la crucifixión y un fragmento de la Vera Cruz. Por suerte, estas reliquias fueron salvadas del incendio. La corona de espinas sólo puede verse en la misa del Viernes Santo. Aunque este año 2019 eso no será posible.

Para mi, los elementos de tanto valor histórico y artístico tienen una relevancia muy grande, pues son parte de nuestras raíces. Los que nos antecedieron dejaron sus huellas y memorias en ellos. El pasado es quien nos dice quienes somos. Si yo quiero saber el por qué de mi color de ojos o cabello, el por qué de mi altura y contextura, ¿no debo acaso mirar hacia atrás, hacia mis padres y abuelos y encontrar allí la respuesta? De la misma manera, pero a nivel sociedad, es el pasado materializado en estos edificios quien nos explica nuestro presente. Estos monumentos son nuestro origen. No valorarlos ni cuidarlos es olvidar de dónde venimos. Es cierto que el mundo está muy convulsionado, que hay guerras, pestes, hambrunas y muertes injustas por doquier. Pero como historiadora y viajera, no puedo dejar de lamentar lo ocurrido con este monumento maravilloso. Y claramente, ese dolor no me hace olvidar los otros horrores, como sugieren muchas personas en las redes sociales. Las guerras y los niños que mueren alrededor del mundo son una fatalidad inconmensurable que no tienen nada que ver con la tristeza causada por lo ocurrido a este edificio y su parcial destrucción.
Ojalá se pueda finalizar en este 2024 la reparación de los daños ocasionados por este doloroso incidente y podamos volver a disfrutar de la magnífica Notre Dame